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Llegó de Atlanta. Empacó tan rápido la maleta que olvidó echar la camiseta de la Selección. Se tuvo que comprar de afán una amarilla sin letras, en un mercado al lado del estadio. A mi lado derecho no paraba de bailar, tampoco de disparar flashes con su celular. Me dijo su nombre, pero lo olvidé de inmediato. Si recuerdo que es programador de computadores en una multinacional; también que sólo venía de Estados Unidos al juego del Maracaná. A mi izquierda tres parejas, cada una más joven que la otra: tres generaciones de esposos. Habían ido a todos los partidos de Colombia. Estaban pintados en sus rostros con los colores de la bandera. Bebían, bebían y bebían. Venían de Córdoba, parecían ganaderos, preferí no preguntarles más. Así, como las de mis vecinos de silla, existen tantas historias como compatriotas llegaron a Brasil por causa del Mundial. 
Colombia en el Maracaná.jpg
Pero no es de los hinchas ni de sus características sociales, culturales y económicas que quiero hablar. No. Lo que necesito expresar es lo sentido en el coloso Mario Filho el pasado sábado ante los uruguayos. El juego en sí, el escenario y la victoria tienen tantos significados y lecturas que uno se vuelve loco ordenándolos. Aquí van sin ningún libreto y con la certeza de que están escritas con cero ecuanimidad por la embriaguez de ser protagonistas de la fiesta y con la resaca inacabable de tantos brindis conmemorando clasificaciones y eliminaciones. No sé si pedir que incluyan este episodio en las cartillas escolares sea exagerado, pero tengo certeza que esta partida ya está inserta en el imaginario nacional como una jornada épica que hizo posible que, al menos por un día, existiéramos para todo el mundo. 
1. Con Uruguay se ha ido consolidando una rivalidad que explota en las últimas fechas de las eliminatorias. En la narrativa colombiana los “charrúas” nos han ‘robado’ (en complicidad con los argentinos) dos clasificaciones a mundiales. Ganarles era sentir el fresquito de la revancha. 
2. Vencer a un bicampeón que -además- juega en el estadio mayor de Rio de Janeiro con la localía de la historia, adquirida con el recuerdo de la gesta del ‘Maracanazo’, no es cosa menor.
3. “La Celeste” siempre se crece en los mundiales. Ellos entran al campo mucho más que fútbol. Su mística en las Copas Mundo es un fenómeno que hasta ha despertado interés de sociólogos y antropólogos. 
4. Disputar un cuarto partido, después de 24 años y hacerlo con tanta suficiencia, emociona. En Italia 90 fuimos eliminados siendo superiores a Camerún. No podíamos repetir esa decepción.
5. Estamos en casa. Así lo han sentido un poco más de 100 mil colombianos que armaron viaje antes y en el transcurso de esta vigésima edición de la Copa Mundo. Tanto así que en los cuatro juegos hemos sido mayoría en las gradas.  
6. Estamos en Brasil: sí, en la tierra que no se conformó con asimilar esta práctica europea y la recreó con sensibilidad artística y polenta de títulos. Palpitamos esa emoción en la tierra del fútbol. 
7. Orgullo por la patria. Ese sentimiento en vías de extinción apareció y lo hizo con potencia. Recreado en la bandera hecha camiseta y pintura en la cara. También en la canción nacional: el himno volvió a ser el cántico de amor y devoción por “lo nuestro”.
8. Otra más del himno: cantarlo obligado en la escuela y tener que oírlo por las emisoras en mañanas y noches lo empalideció. Entonarlo con furor y fervor volvió a ser un ritual que nadie se quiere perder. Vieran cómo corren los colombianos para llegar a tiempo al estadio a corearlo.
9. Una más de orgullo patrio: salir a Copacabana con la camiseta (o caminar por cualquier lado) es motivo para que te den palmaditas en la espalda y te feliciten; para que desconocidos en idiomas legibles y desconocidos te deseen suerte. Tú no mereces esos elogios y no serás quien saltará al campo; pero aceptas y asumes todo porque el fútbol produce esas trasposiciones ontológicas y esas adhesiones viscerales. 
10. Finalmente, porque siendo una sociedad tan dividida y polarizada (como se evidenció en las recientes presidenciales) la Selección en el Mundial produce la fantasía de que “somos un solo pueblo”. Sentirnos, así sea de manera ilusa, que por fin tenemos un proyecto común no deja de ser conmovedor.  
Pdta: pueden seguir estos informes desde Brasil 2014 en @quitiman
 
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Delantero frustrado que sólo resultó goleador jugando con los niños pequeños de la cuadra. Lector de sección de deportes de los periódicos y oyente de radio futbolera. Coleccionista de cuentos que tengan como protagonistas a la pelota y a quienes luchan por conquistarla. Llanero de cuna, pero feligrés del equipo rojo de Cali. Radicado en Brasil dónde vive una segunda luna de miel con el balompié: el matrimonio con el Flamengo (“O mais querido do Brasil”). Sociólogo por necesidad y Magister en antropología por vocación. Actualmente estudiando un doctorado en Rio de Janeiro; argumento que es pretexto para devorar fútbol por montones y estar en la fiesta de la Copa Mundo de Brasil 2014. Puedes seguirme en @quitiman

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