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El sábado anterior se vivió en el Atanasio Girardot de Medellín un fantástico partido entre dos grupos de amigos.

Bajo la consigna de recaudar fondos para su fundación, Juan Guillermo Cuadrado convocó a un selecto grupo de jugadores, con el fin de divertirse con el balón, lo que mejor saben hacer, y transmitir así un poderoso mensaje a los miles de asistentes: la solidaridad es fundamental para la búsqueda de un mejor mañana.

Allí estaban en el campo, además del anfitrión y su invitado estelar, el francés Paul Pogba, muchos de sus compañeros de la selección Colombia que busca pista para aterrizar en Moscú: David Ospina, Santiago Arias, Jeison Murillo, Daniel Torres, Bacca, Muriel, Duván Zapata, Edwin Cardona, Carlos “la roca” Sánchez y Juan Fernando Quintero, entre otros. Estos jugadores pusieron su talento al servicio de la fundación que busca un mejor mañana para los niños habitantes de las zonas de Medellín que han sido marcadas por la violencia, la intransigencia, el dolor y el “no futuro”.

El espectáculo fue sobrecogedor. Niños y adultos celebrando goles de uno y otro bando, aplaudiendo el ingenio y las jugadas vistosas de los protagonistas, todos ídolos de los niños asistentes, sin importar a cuál de los equipos en competencia pertenecían: “los amigos de Cuadrado” o “los amigos de Pogba”.

Pensé entonces en la importancia de valores como la solidaridad y el respeto como ejes de la construcción de una sociedad menos violenta, capaz de respetar las diferencias y de reconocer y aceptar las diferencias con el adversario. Todos los asistentes estábamos sentados en las mismas tribunas que desde hace un tiempo no pueden ser ocupadas, en los juegos del torneo profesional colombiano sino por seguidores del equipo local. El fútbol profesional colombiano llevó a que esta fiesta no se pueda vivir sino desde una orilla: la del local, con la lente del dueño de casa, sin espacio para el disenso ni para una óptica diferente, sin respeto por quien tiene sus afectos en otra divisa. Y no hablo solamente del Atanasio, imponente escenario del fútbol antioqueño, casa de dos colosos del fútbol nacional. Me refiero al doloroso comportamiento de intransigencia que se vive en Bogotá, en Cali, en plazas que han llenado de violencia al fútbol.

Vi con emoción a familias enteras que asistieron al Atanasio, felices de poder compartir con sus esposas e hijos el espectáculo del fútbol. De hecho, fui con mis hijos, menores de edad, a quienes la intolerancia en las tribunas e improperios a jugadores de equipos rivales los llevó a dejar de ser consuetudinarios asistentes en Bogotá. No puede ser que ese comportamiento agresivo prive a los niños de ver y disfrutar a sus ídolos.

El sábado, los niños que asistieron al estadio pudieron proyectarse con emoción y esperanza en sus ídolos a quienes podían ver a escasos metros de distancia. Muchas veces la sociedad se apropia de la imagen de estos reconocidos deportistas para transmitir importantes mensajes o convocar a la ciudadanía, pero no, ahí estaban en su esencia pura: jugando fútbol, haciendo eso que los apasiona y que los ha llevado a cumplir sus sueños.

El fútbol y el deporte en general, son reconocidos como vehículos potentes para transmitir valores de convivencia sana, de consecución de logros, de formación de ciudadanos solidarios. El deporte es una actividad idónea para transmitir valores positivos para la construcción de una sociedad que respete reglas, que resuelva los conflictos acatando las normas y respetando al oponente.

Por eso, erradicar la violencia de los estadios, es el gran reto para el fútbol colombiano, más allá de ir a Rusia, ganar títulos continentales y presentar ante el mundo un torneo competitivo con clubes poderosos. Este objetivo, que requerirá del trabajo mancomunado de todos los actores de la industria del fútbol y de los gobernantes locales y nacionales, debe garantizar la asistencia de las familias enteras a disfrutar en paz de este espectáculo

Ojalá pronto podamos volver a los clásicos regionales y a los encuentros con contendores históricos, vestidos con la camiseta del equipo de nuestras preferencias sin miedo a la violencia. Este país debe acostumbrarse a respetar a quienes están en la otra orilla. Solamente así avanzaremos como sociedad incluyente y respetuosa de la diversidad.

Cuadrado, Pogba, y los demás jugadores que se dieron cita el sábado en el Atanasio Girardot, nos mostraron la belleza del fútbol y lo gratificante que es poder disfrutar de un buen juego, sin tener que arrollar al rival. Nos recordaron que el fútbol es tan solo un juego, que la vida no se puede perder por el resultado de un partido. No vale la pena.

Comprometámonos más bien a que este deporte sea un camino de superación para la juventud colombiana; que nuestros jóvenes sigan viendo a las grandes figuras como el mejor espejo para crecer como personas, con la convicción de que valores como el respeto, la lealtad y la inclusión multiplican las posibilidades de convertir sus sueños en un mejor mañana.

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Consumo fútbol desde muy niño, gracias a mi familia, futbolera de tiempo completo, a la que le agradezco inmensamente el haberme inoculado el virus del fútbol. No ha sido letal; por el contrario, ha sido totalmente vital. Soy un convencido de que el fútbol explica como nada en la vida a la vida misma. El fútbol ha sido el hilo conductor de mi vida, más que la profesión que ejerzo.

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